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Economía

El ‘Caso City’ cuestiona la lógica tradicional del patrocinio

Hablar de que existe un ‘Caso Manchester City’ en materia de patrocinio deportivo puede parecer exagerado. Pero lo cierto es que los datos invitan a ello.

Hasta ahora, descrito con trazo grueso, se entendía que, en un acuerdo de patrocinio, el patrocinador buscaba fundamentalmente notoriedad y reputación social (aparte de relaciones institucionales y promoción comercial, pero esto solo en casos determinados). A su vez, el patrocinado recibía a cambio unos sustanciosos ingresos (y, también en determinados casos, la posible reputación y algunos servicios en condiciones ventajosas que le podía aportar su patrocinador).

Por supuesto, los acuerdos han ido ganando en complejidad a medida que también es más complejo el mundo del deporte —y del fútbol en particular—, pero el fundamento básico era un intercambio entre reputación y aportación dineraria.

Escándalo financiero por un falso patrocinio del Manchester City

“Sensu contrario”, ni a un patrocinador le podía interesar llegar a un acuerdo con un patrocinado cuya reputación se hallaba seriamente cuestionada, ni mantenerlo si esta se veía de pronto gravemente dañada. Por su parte, al patrocinado no le interesaba ser apoyado por una entidad que tenía o adquiría “mala imagen” entre la opinión pública.

De hecho, es habitual que los contratos de patrocinio contemplen expresamente el primer caso como motivo de brusca ruptura entre ambas partes, y así ha ocurrido en frecuentes ocasiones (no tantas en el segundo caso, bien es cierto).

El lector informado puede sin duda aducir que esto no ha cambiado gran cosa, pese a la mayor complejidad del sector. Así lo prueban incidentes tales como la (exitosa) oposición a que una empresa de Arabia Saudita patrocinara el actual Mundial Femenino; la normativa inglesa para limitar el patrocinio de lños clubes por parte de las casas de apuestas —y las fuertes críticas de grupos organizados de aficionados cuando algunos clubes tratan de llegar a acuerdos con ellas—; o el creciente malestar que genera la (muy conflictiva) irrupción de las empresas de criptomonedas en la financiación de los equipos de fútbol.

Claro está, que ese mismo lector informado será consciente de que, a pesar de todo ello, el capital árabe, las casas de apuestas y las empresas de criptomonedas están encontrando rendijas cada vez más amplias para entrar en el mundo del fútbol.

Un cocktail que parecía imposible

Pues bien, el Manchester City es un auténtico compendio de todo ello.

Para empezar, la Premier League le ha abierto hace cinco meses un grave expediente,  acusándole de haber cometido un centenar de infracciones contra el fair play financiero.

Para continuar, es propiedad del City Football Group, un holding que posee participaciones en equipos de una docena de países (incluido España) y cuyo principal accionista, con  más de un 80% del capital, es el Abu Dhabi United Group, una empresa de capital inversión que es propiedad, a su vez, del jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan, miembro de la familia real del país y ministro del Gobierno de los Emiratos Árabes Unidos.

Y, para seguir, uno de sus principales patrocinadores es OKX, una plataforma de intercambio de criptomonedas que, de acuerdo con medios internacionales, tiene su sede en las Seychelles; es propiedad del empresario chino Mingxing Xu (alias “Star” Xu); cuenta a sus espaldas con una importante historia de conflictos legales, regulatorios y económicos, que incluye procesos, multas, manifestaciones de clientes y, al parecer, hasta detenciones de su fundador; y que, muy significativamente, no  es accesible para inversores radicados en los Estados Unidos.

Por estas y otras cosas, el “cocktail” de un club formal y gravemente acusado de atentar contra el juego limpio financiero; propiedad de inversores árabes —a quienes se acusa normalmente de “sportwashing”, es decir, de tratar de lavar imagen pública de sus respectivos países mediante su perturbadora irrupción en el deporte— , y patrocinado por una empresa de criptomonedas que parece un muestrario de todos los problemas de reputación habitualmente asociados a este peculiar negocio, debería dar lugar a un problema insoluble.

“Es el din, din, din, dinero…”

Y, sin embargo, el imaginario conflicto se ha disuelto cual azucarillo en agua. No es ya que OKX sea patrocinador del City. Es que, además, no tienen inconveniente alguno en serlo firmas tan reputadas como la cerveza japonesa Asahi, la empresa también japonesa de neumáticos Nexen, la china de electrodomésticos Midea, la empresa de inversión online Axi o la marca británica de artículos infantiles Joie (para el equipo femenino), por citar algunas de las más recientes, que se suman así a los acuerdos de diverso tipo suscritos por el City Football Group con Sony, Nissan, Gatorade, Rexona…

Así pues, el “holding” sigue extendiendo sus tentáculos, OKX y los demás patrocinadores obtienen jugosos resultados comerciales y el Manchester City superará en 2023-24 su récord de más de 800 millones de euros anuales de “revenues”, cifra ya conseguida en la que acaba de terminar y que le convierte en el club que más ingresos consigue en todo el mundo.

¿Y la reputación? Bien, gracias. Como los implicados no la tienen, la compran gracias a los éxitos deportivos.

Por todo ello, los aficionados que muy justamente protestan contra determinados patrocinadores —o contra la creación de la Superliga—, con un si es no es de romanticismo, debieran tomar nota de cómo hacer frente con mayor eficacia, pese a los insuficientes éxitos parciales, a una ola múltiple que está haciendo que la “industria del fútbol” se vea engullida por “la industria que genera el fútbol”.

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