Brasil. Neymar Mundial
Opinión

Un Mundial con más equipos, pero (quizá) no más goleadas

Casi con toda seguridad, el Mundial de Catar será el último que sea jugado, en su fase final, por 32 equipos. Salvo sorpresa inesperada, en el que se celebrará en Canadá-Estados Unidos-México en 2026 habrá nada menos que 48, es decir, un 50% más.

Así pues, lejos quedará la cifra de los 13 equipos —que hoy parece extravagante, por ser número impar— que participaron en la fase final del primer Mundial, hace poco menos de 100 años. Además, quedará rota la serie ininterrumpida de siete Mundiales con 32 equipos, la más larga de la historia, que se inició en Francia 1998.

En efecto, la FIFA anunció en 2017, un año antes del Mundial de Rusia, su intención de que la ampliación a 48 equipos se lleve a cabo en el próximo campeonato, que se desarrollará en tierras norteamericanas. Y no parece que el Mundial de Catar haya generado ningún motivo para cambiar tal decisión, sino más bien al contrario.

Con el aval del éxito de Catar

Hay quienes señalan al respecto, no sin ironía, que el posible impacto del Mundial cerrado en Doha no podía ser, respecto de esa intención expuesta en 2017, más que un “sí o sí”. En el caso de que Catar hubiera resultado un fracaso (relativo o absoluto), la ampliación a 48 equipos habría sido una rentable “huida hacia adelante”. En el caso de que se cerrara con éxito, la ampliación estaría más que justificada.

Una vez que se ha echado el telón sobre el último Mundial —y con los jugadores de la albiceleste aún celebrando su triunfo—, parece claro que nos encontramos ante este segundo escenario.

Pese a todas las críticas que ha recibido el torneo por ser Catar la sede de su fase final y por cómo se llevó a cabo tal designación, lo cierto es que, guste o no, es difícil cuestionar que la FIFA pueda presentar su celebración como un éxito.

Las razones son muchas y variadas: definitiva “entronización” mundial de Messi, con Mbappé siguiendo ya su estela; 3,4 millones de espectadores de asistencia física acumulada —no lejos del récord absoluto de Rusia 2018, que tuvo unos 3,6 millones—; más de un 96% de llenado en las gradas de los estadios —pese a los insistentes sarcasmos iniciales sobre los “huecos” más visibles—; récord histórico de goles (172); cerca de millón y medio de visitantes extranjeros; más de 1.000 millones de  euros en ingresos por patrocinios; récord histórico de voluntarios… y, por primera vez en la historia, un país africano en las semifinales.

“Más equipos” no equivale a “más goleadas”

Porque en esto último reside el núcleo de la cuestión, al menos desde el punto de vista deportivo. Un Mundial de 48 equipos ¿incrementará la competitividad? ¿hará posible que un mayor número de selecciones no-europeas o no-sudamericanas lleguen a las últimas redondas? ¿o dará lugar a partidos insoportablemente desiguales y con más goleadas estrepitosas? Es decir, ¿nos encaminaremos a más “Arabia 2-Argentina 1” o a más “España 7- Costa Rica 0”?

Pues, por sorprendente que le pueda parecer al lector, no hay ninguna evidencia estadística que permita pensar que incluir un mayor número de equipos en las fases finales de las Copas del Mundo tenga necesariamente que dar lugar a un mayor número de goleadas. De hecho, hasta ahora, tal fenómeno no se ha producido.

Si asumimos como goleada cualquier tanteador final en el que el ganador haya batido por cuatro goles o más al perdedor, podríamos contabilizar hasta 72 en la historia de los 22 Mundiales celebrados hasta el momento, incluido el de Catar. Sin embargo, si comparamos la evolución de esas goleadas con la evolución del número de equipos que ha habido en las fases finales, la correlación es de… “cero” (en realidad, es incluso negativa: -0,06). En otras palabras, que el mayor o menor número de equipos no se ha visto acompañado, en el mismo sentido, por un mayor o menor número de goleadas.

Pero, claro, podría ser que el incremento en el número de equipos no diera lugar a un mayor número de goleadas, pero sí a que estas fueran más escandalosas; esto es, que se produjeran por una mayor diferencia de goles. Pues tampoco. Si hacemos la comparación, la correlación no solo sigue siendo muy próxima a “cero”, sino aún más negativa: -0,18.

Más argumentos en contra… y más a favor

Al margen del “miedo” a la posibilidad de que se registren más goleadas (entendidas como sinónimo de aburrimiento), quienes se muestran más críticos frente a la ampliación esgrimen otros argumentos.

Por ejemplo, subrayan la complejidad de estructurar razonable y atractivamente una fase final tan poblada (¿16 grupos de tres equipos? ¿12 grupos de cuatro equipos?), cuestión que está aún en el alero. O el riesgo de que la ampliación dé lugar a una fase final cuya excesiva duración perjudique el normal desarrollo de las demás competiciones (cuestión que parece más bien baladí, habida cuenta de que la fase final de Catar ha sido encajada en un número menor de fechas que el habitual sin que se hayan producido graves problemas —lo que abona la idea, “sensu contrario”, de que sería viable organizar más encuentros sin necesidad de eternizarse—… amén de que, con la sola salvedad de Catar hasta el momento, los Mundiales se celebran cuando esas competiciones ya han terminado).

Otros críticos apuntan a las motivaciones políticas o económicas que pueda tener el equipo actual de la FIFA para efectuar tal ampliación. Es obvio que ello le reportará mucho más apoyo por parte de las federaciones que cuentan con selecciones más “modestas” (de hecho, ya ha ocurrido). Y, en cuanto a la vertiente económica, parece también evidente que incrementar los equipos en un 50% permitirá superar con creces los ingresos de no menos de 7.600 millones de dólares que el organismo estimaba hace pocas fechas que le reportarán finalmente las actividades relacionadas con Catar 2002 acometidas en los últimos cuatro años (1.000 millones más que lo que le generó el ciclo cuatrienal previo a Rusia 2018, por cierto).

Frente a estas críticas, también hay argumentos. Por ejemplo, que nada malo hay en que la FIFA consiga más recursos si luego los invierte correctamente en promover y reforzar el buen desarrollo del fútbol. O que resulta más democrático y social abrir la posibilidad a que selecciones más “modestas” (y sus respectivas aficiones) adquieran un mayor protagonismo en los Mundiales, que restringirlo a un club selecto de equipos europeos y/o sudamericanos… que no siempre dan la talla en ellos.

¿Y si el problema no son las selecciones “modestas”?

Porque, al final, conviene no olvidar que todo esto descansa en un espectáculo deportivo que tiene que ofrecer unos determinados niveles de calidad. Y que la elevada incertidumbre y la incuestionable emoción del partido final de Catar han conducido a juicios más bien hiperbólicos sobre su calidad o su relevancia histórica, y han facilitado que se borre del recuerdo el muy elevado número de partidos del torneo que fueron más bien tediosos, por decirlo con suavidad.

Por cierto, ¿fueron selecciones “modestas” las “culpables”, en general, de los encuentros menos atractivos?

Pues más bien ocurrió que no. Conviene tenerlo en cuenta, porque constituye un argumento más, nuevamente “sensu contrario”, para sostener que la ampliación de los equipos de una fase final que es seguida por millones y millones de personas —muchas de las cuales quizá no vean con frecuencia los partidos de sus propias competiciones nacionales, pero sí siguen con pasión un Mundial— puede ser mejor y no precisamente peor para el interés, atractivo, alcance y competitividad del torneo.

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