PSG mbappé
Opinión

PSG: engendrado para fracasar

Donde dije digo, digo Diego. Con la boca pequeña y toda vez me cercioro de que el partido está en efecto acabado y el PSG, otra vez, fulminado a las primeras de cambio de la Champions League. Ha vuelto a ocurrir. Calamidad. El París no cae, no pierde, no compite; el París fracasa. Siguiendo los parámetros que se difieren de las decisiones que guían el rumbo del club, no existe triunfo parcial para los parisinos, tampoco hay lugar para los progresos ni para el proceso. ‘Orejona’ o barbarie.

Empecemos por lo básico: perder no es fracasar. Que nadie se olvide de que este juego y, más concretamente, esta santa competición funcionan así. Por eso a todos nos hace más gracia que ninguna otra. Y tampoco perdamos la perspectiva de que el PSG, como proyecto, se concibe por y para cantar victoria en noches como la del Allianz Arena. Tal vez, por eso salió cruz y tal vez por eso tendrán que esperar otro año para probar suerte con la moneda.

En realidad, caer eliminado de la Champions es lo normal. Lo que debería ser obvio y un condicionante relativo a la hora de tomar decisiones que afecten a la planificación a medio-largo plazo de cualquier club coherente. Pero en París es una máxima inaceptable. Por esta sencilla razón, el PSG está destinado al fracaso. Nada de ética barata, petrodólares manchados, fairplais o karma todopoderoso. Cuando solo vale ganar, no vale nada más. Y como ganar es tan difícil, tan aleatorio y tan complejo al mismo tiempo, la derrota, lejos de funcionar como aprendizaje, actúa como apocalipsis.

Bien es cierto que cada revés tuvo su historia propia, con sus matices y sus momentos de inflexión; todas autoconclusivas en lo que al banquillo refiere. En el equipo parisino no hay proyectos, ni generaciones, ni etapas: solo entrenadores que llegan, lo intentan, fracasan, y se van. Ancelotti, Blanc, Tuchel, Emery, Pochettino; ahora Galtier. Por acotar, si nos ceñimos solo al periodo ‘Space Jam’, con Messi, Mbappé y Neymar (oye, ¿y Neymar?), las eliminaciones toman incluso un tono más trágico. Cada año que pasa sin éxito es una oportunidad menos, y no quedan tantas hasta que Messi se vaya o hasta que Mbappé se canse.

Ni cuando manda la locura, que en Champions es habitualmente, ni tampoco cuando mandan las lógicas del juego, que ante equipos como el Bayern de Múnich también es muy habitual, el PSG pudo cumplir su cometido. Aspirar a montar un equipo mejor que el de los mejores equipos y ser mejor que todos ellos, uno tras otro, de la noche a la mañana es sacar muchos boletos en el bingo del fracaso. Más si no hay palmaditas en la espalda, solo bofetones de realidad curso sí y curso también.

Por ejemplo, los parisinos podrían hablar de merecimiento, si se refieren a lo que vivieron el año pasado contra el Real Madrid y al infierno en el que se tornó el Bernabéu. De crueldades e injusticias divinas. A Doña Champions poco le importaría. Nueva herida, nuevo entrenador y a por otro intento. Con Messi despojado de sus fantasmas y coronado como el jugador más grande de todos los tiempos y Mbappé como el jugador ampliamente más diferencial del planeta, ¿qué podría salir mal? Pues a las primeras de cambio… el miura bávaro. Línea y seguimos para bingo.

Los de Naggelsmann sacudieron con ganas a los parisinos en la ida, sin plan, sin Neymar y sin Mbappé. En la vuelta, Galtier mejoró mínimamente a los suyos y logró cierto equilibrio, insuficiente si tenemos en cuenta que el equipo al que dirige iba por detrás en la eliminatoria. Algo es algo. De hecho, caprichosa Champions, todo pudo cambiar, estas líneas serían otras, cuando el PSG encontró el error de Sommer. Y nada cambió cuando el Bayern olfateó el error de Verratti y Choupo —que marca goles casi sin quererlo, por pura inercia— le puso nombres y apellidos a una cuestión de Estado más en Los Eliseos.

Desde entonces, y repetimos, a pesar de los potables 45 minutos iniciales, en los que Mbappé tuvo poco o nada que ver, por cierto, la camiseta del PSG empezó a teñirse de angustia. Las vanas intentonas parisinas desprendían desidia; las caras, la gestualidad y la nulidad de las ideas, desesperación. El Bayern introdujo a Sané, a Gnabry, a Cancelo y a Mané; Múnich quería sangre. Galtier, a Bernat, Zaire-Emery (17), Ekitiké (20) y Bitshiabu (17); y los parisinos se desangraban. Otra vez.

Pudo terminar en paliza y guillotina si Sané se levanta con el pie derecho. También en cualquier otra cosa si De Ligt no llega a firmar una de esa acciones que cambian el devenir de la competición. Pero eso poco importa a estas alturas. Ni siquiera al propio PSG, al que solo le vale con levantar el trofeo. Una vez tras otra. Tal vez algún día llegué, pero, mientras tanto, el PSG será un proyecto engendrado para sufrir.

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