11-M Dieguenazo
✍️​ Opinión

El ‘Dieguenazo’: el extraño y ambiguo recuerdo del 11M

Hoy se cumplen 20 años del 11-M. Como madrileño que siempre ha vivido por la zona, es algo que siempre me ha tocado de cerca. Es una fecha maldita a la que le acompaña un trauma cuya cicatriz sigue ahí. Por mucho que hayamos querido avanzar, es algo que está si se observa detenidamente. Aun así, por otra parte, también funciona como una fecha sobre la que construir. Sin ir más lejos, el mejor día de mi vida fue un 11 de marzo. Así es la ambigüedad en la que nos movemos un par de décadas después.

Y esto, queridos míos, merece un ‘Dieguenazo’.

🎗️​ Mi agridulce recuerdo del 11M

Del 11-M recuerdo más bien poco, ya que tenía 6 años. Era un mal que no entendía y prefería ignorar. Sé que mi tía, que vive cerca de la estación del Pozo, escuchó un estruendo terrorífico mientras hacía la cama. Poco después, fuimos en familia a poner velas en ese mismo punto. Tengo nítida aquella imagen tan desoladora. Lejos de eso, poco más mantengo en mi cabeza. Con el tiempo, en cada aniversario, he podido reconstruir ese aciago día en mi cabeza. En el momento del atentado, vivía en Coslada, una de las paradas de la línea en la que estallaron las bombas. Ni mi madre ni mi padre iban a trabajar en tren, lo que les pudo salvar la vida. Por desgracia, otros vecinos no pueden decir lo mismo.

Cuando tenía que ir a la universidad, tenía que coger el tren de dicha línea que quedó marcada para siempre. Al llegar a Atocha, había un punto al que siempre dirigía la mirada. Aquel lugar tiene un ramo de flores, prueba inequívoca de lo que pasó en aquella mañana de 2004. No me podía creer que tanta gente como yo hubiese muerto por hacer algo tan mundano como coger el tren por la mañana. Me sigue dando pavor solo de pensarlo. Al menos, el mismo medio de transporte servía como metáfora. Si el propio cercanías había sobrevivido al 11-M y revisitaba ese punto tan oscuro todos los días, todos podíamos hacerlo. Por muy duro que sea el golpe, siempre habrá una nueva parada a la que llegar para volver a empezar.

En 2017 no me acordé del aniversario del 11-M porque no estaba ni en España. Estaba en Liverpool, a punto de cumplir una de mis metas como futbolero: entrar en Anfield. Mi novia había movido cielo y tierra para conseguirlo. Fui genuinamente feliz. Además, al día siguiente, volví a entrar para ver como los reds ganaban al Burnley por 2-1. Escuché un ‘You´ll Never Walk Alone‘ en directo. Mi 11 de marzo no fue traumático, sino un día que recordaré siempre. Bien por el fútbol o por cualquier otra cosa, conseguí obviar la cicatriz que siempre tendrá mi hogar. Fue la consumación de la enseñanza que los trenes dejan en la sociedad, pues funcionó como la mejor muestra de que siempre hay tiempo para que algo trágico pueda evolucionar hasta convertirse en algo nuevo.

«¿Cómo puede ser? No puede ser, pero lo es. Es paradójico; sin embargo, funciona», dicen en la ya oscarizada ‘Oppenheimer‘. Perfecto para este caso. Las dos realidades —la buena y la mala— pueden convivir en el mismo espacio de tiempo para formar una nueva. No tiene sentido lógico, aunque tampoco es que la lógica tenga demasiada cabida allí donde las emociones dejaron sus marcas. Porque el primer golpe del 11-M fue físico, pero el más fuerte fueron el psicológico y emocional que vino después. Con este se creó esa cicatriz que afecta hasta a alguien como yo, que ni siquiera vivió en primera persona el drama. El trauma sigue ahí, y posiblemente no se irá nunca. Lo bueno de que se haya quedado es que ya aprendimos a vivir con él, a perder el miedo, también el miedo a coger el tren. Muy a nuestro pesar, nos hizo mejores. Por mucho que los fantasmas vuelvan a aparecer cada 11-M, siempre habrá razones para encontrar un motivo por el que seguir adelante.

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