Por tercer año consecutivo Ferrari ganó las 24 horas de Le Mans, aunque en esta ocasión no con un coche oficial, sino con el #83 de AF Corse con Robert Kubica, Yifei Ye y Philip Hanson al volante. Pero no vengo a hacer un resumen de la carrera más emblemática, sino a compartir la experiencia de mi viaje, el tercero con tintes automovilísticos. Lo hice en Nürburgring y toca de nuevo. Y si de paso este texto le sirve de ayuda a alguien que tenga pensado asistir al evento, mucho mejor.
Llegamos a París el jueves, cansados, pero con ganas desmedidas. Era el día de experimentar, de probar suerte. Y decidimos ir al circuito en coche, desobedeciendo los consejos de la organización. Era un día de diario y sin carrera: tocaba la Hyperpole. Quizá porque llegamos a la hora justa de la qualy, o simplemente por el enorme fervor que existe por este evento, fue, sin duda, el día de más tráfico en los aledaños del circuito de Le Mans. Al menos por nuestro acceso (Le Tertre Rouge).
Los conductores buscaban hueco donde no lo había y eso hicimos nosotros, aunque nos topamos con algo inesperado. Una señora francesa se nos acercó. Pensamos que nos reprochaba haber aparcado mal, hasta que tras varios intentos tradujimos sus palabras: nos estaba ofreciendo el parking de su casa. Un gesto que nos salvó de preocupaciones innecesarias para el resto de viaje, y que le agradecimos con un par de detalles.
Desde ahí andamos al circuito. La cola no era demasiado prolongada y avanzaba rápido, pese a que existían registros para incautar todo tipo de bebida alcohólica. Nada más entrar teníamos disponible una ubicación inmejorable en la pelousse, y allá que fuimos para ver cómo Cadillac sembraba falsas esperanzas.
El viernes era día de reconocimiento, sin apenas acción en la pista. Momento para reconocer más zonas del circuito, visitar diferentes stands bajo un calor infernal e incluso dar un rodeo por el asfalto. En el centro de Le Mans, mientras, había desfile de 19 coches, al que no pudimos asistir. El programa es extenso y ni con cuatro días puedes abarcar todo lo que ofrece.
El Museo, un imprescindible
La experiencia de verdad llegó el sábado. Dejamos el coche en nuestro parking de confianza y avanzamos hacia el circuito. Más cola que los días previas, aunque para nada al nivel de Montmeló. Por lo menos, repito, desde nuestro acceso. Entramos sobre las 14 y los huecos eran escasos, así que nos conformamos con una pendiente interesante repleta de árboles justo a la entrada que al menos nos protegía del sol. Tras presenciar los primeros momentos de la carrera, nos desplazamos por diferentes zonas y visitamos el museo. Y visto lo visto el domingo: mejor ir siempre el primer día de carrera.

El museo es una obra maestra. Reliquias incalculables de todas las décadas, incluso del siglo XIX, maquetas de todos los coches que han participado en la carrera desde sus comienzos… Visita obligada, que fuera del evento creo recordar que apenas cuesta 10 euros. Un chollo.

Después tocaba andar, conocer, y buscar ubicaciones como la recta de meta, donde nos esperaba una falsa tribuna para los que solo disponíamos de entrada general. Hicimos noche. Unos sobre el césped y frente a una pantalla para no perder detalle; otros en la furgoneta, para evitar el frío. Porque sí, no te fíes nunca del tiempo: la noche de Le Mans es muy canalla.
Las 24 horas de Le Mans hay que vivirlas
Por allí había de todo. Gente en pantalón corto y manga corta acostada que podía sufrir de hipotermia, y muchos otros con sacos, mantas y bien preparados. Supongo que la experiencia es un grado. Lo que sí es relevante comentar es que la organización te da la posibilidad de vivir la experiencia completo, con baños y puestos de comida/bebida a pocos metros. Lo que en otros lugares puede ser una odisea, en las 24 horas de Le Mans era una absoluta facilidad. Y ese servicio al público, sin duda, es diferencial. Está claro que hay niveles.
El domingo tocó poner el broche con el final de la carrera. Provistos de alguna hamaca y una buenas vistas a las curvas Dunlop, decidimos no movernos por mucho que apretara el sol. Victoria de Ferrari, aplausos, y marabunta en el podio. Después, vuelta al alojamiento con un cansancio descomunal, pero con la sensación de que todo había pasado muy rápido. Siempre te quedas con ganas de más.
Ir a las 24 horas de Le Mans no era uno de los sueños de mi vida. O quizá sí, y no lo sabía. Sea como fuere, vivir de cerca el sueño de tus amigos es, de algún modo, cumplir uno propio. Y la sensación de que esto solo acaba de empezar: el lunes, de vuelta al aeropuerto, el debate era si Rally de Canarias o Portugal. El destino, para mí, es lo de menos. Merci, bros.
Fotos: Jaime Aguado y Javier Onrubia






